Sobre mí

Retrato de Alessandro Micieli
Alessandro Micieli

Durante años aprendí a reconocer a ojo el peso de las cosas. Luego, un día, descubrí que las ideas también pesan, y que se pueden mover con los dedos.

I · El peso de las cosas

Ya tenía los números en el bolsillo en el colegio. Un instituto técnico donde se estudiaban balances, derecho y, por suerte para mí, también ordenadores, cuando los ordenadores todavía eran máquinas beige que refunfuñaban al encenderse. En aquellos teclados aprendí que cada tecla tiene su lugar, y que las manos, cuando lo saben, ya no necesitan los ojos, así que las palabras salían más deprisa de lo que yo era capaz de pensarlas.

Empecé donde se empieza cuando el mundo te pide ser útil enseguida: dentro de un gran almacén, entre palés y cajas. Por la mañana olía a cartón húmedo y a hierro frío. El trabajo estaba dominado por una voz que a veces parecía llegar incluso antes de que empezara el turno, plana y sin alma. Nadie la miraba a la cara porque no tenía cara; eran terminales de radiofrecuencia, auriculares con el micrófono delante de la boca, que colgaban en fila como pequeños animales dormidos, y cuando te los ponías en la cabeza eran ellos quienes decidían adónde ir, qué coger, cuándo parar, justo como un jefe invisible. También la transpaleta tenía un carácter propio, y lo aprendí con mucha paciencia y con algún sacrificio.

Once años son lo bastante largos como para convertirse en una forma de sabiduría. Aprendí que un pedido mal preparado en una hora se convierte en un problema en una jornada; que el inventario no miente, pero exige ser escuchado; que en todo almacén hay alguien que sabe dónde está todo, y que normalmente no tiene ningún título en la puerta. Salí de allí con un hábito que no he perdido: exigir que cada cosa tenga su sitio, y saber cuál es.

II · Una isla más pequeña

Al cabo de un tiempo algo se soltó. No fue una despedida, fue más bien como una puerta dejada abierta por error, y el aire nuevo que entra. Me encontré dibujando casas y habitaciones para quienes las habitarían, amueblando hoteles y oficinas, lugares donde la gente pasaría sus horas. Durante unos meses ese camino me llevó a una isla más pequeña que la mía, donde se hablaba una lengua que conocía a medias y que aprendí a usar con destreza, a fuerza de no tener elección.

Fue allí, creo, donde entendí algo sencillo e incómodo: el almacén me había enseñado el orden, pero no a abrir esos cajones donde mi imaginación apretaba por salir. Mezcladas las dos cosas, intuía que en alguna parte había un lugar hecho a mi medida, y que me tocaba a mí encontrar el camino para llegar.

III · Las primeras líneas

Mientras tanto, cultivando mi afición preferida, me di cuenta de que crear contenidos visuales para la web exige la misma paciencia que un almacén lleno de cartones. Pero a menudo la paciencia no basta: hace falta conocer códigos específicos. Escribía una línea y la veía correr, luego escribía otra… Todavía recuerdo la primera vez que una página, en la pantalla, hizo exactamente lo que yo había imaginado, una alegría pequeña y silenciosa.

Había también otra forma de mirar, que nada tenía que ver con el código, la de una caja negra que se sujeta con las dos manos y la de un ojo de cristal que llevar delante del mío. Durante un tiempo acompañé a quienes vivían de aquel oficio, en los días en que alguien prometía algo para siempre y todos los demás querían recordar cómo. Allí aprendí que la luz no se encuentra, se espera; que los números pequeños grabados en un anillo importan más de lo que parece; y que entre un instante y su recuerdo solo queda lo que uno decide dejar fuera del encuadre.

Desde entonces no he podido parar. He aprendido a hablar con las máquinas, y las máquinas tienen su propia manera de responder.

IV · La trastienda de la trastienda

Luego llegó la shell, y llegó por la puerta de servicio, con la cabeza gacha. Una ventana negra en la pantalla de un ordenador con una lista de líneas, ordenada y limpia. Y fue allí donde descubrí qué había detrás de aquella voz mecánica de los tiempos del almacén: en una línea estaba escrito cuántos bultos había que recoger, en otra en qué pasillo, en otra más la frase exacta que me decían cuando me equivocaba de estante. El tono apresurado que me había hecho apretar los dientes durante años era un valor numérico, modificable con un editor de texto y un guardado. Durante todo ese tiempo había respondido a aquella voz preguntándome de dónde venía. Ahora estaba al otro lado, delante de la pantalla, y la voz era solo una línea entre las demás.

Un año entero pasado junto a los servidores Linux de las empresas que gestionan inmensos almacenes para la gran distribución moderna. Es una vida curiosa: esos lugares los conocía desde el otro lado, por atrás, donde se descargan y se cargan los camiones; ahora los conocía desde la trastienda de la trastienda, donde un programa no debe detenerse nunca para que cada camión cargado de mercancía pueda llegar a tiempo a reabastecer las estanterías de un supermercado. Linux ya era mi parque de juegos, pero lo conocía como se conoce una ciudad de turista. Allí aprendí a habitarla, a reconocer sus calles incluso a oscuras, y lo que había sido un juego se convirtió en mi lugar de trabajo. Cada día había sistemas que configurar y llamadas a las que responder. Algo se había parado, en algún lugar, y me tocaba a mí ponerlo de nuevo en marcha; y había una satisfacción, cada vez, en conseguirlo sin ver siquiera el lugar donde se había parado.

V · El agua y el mostrador

Luego, durante unos meses, me ocupé del agua. Dibujaba piscinas en 3D en una pantalla y después las veía aparecer de verdad, piscina tras piscina, con sus filtros y sus revestimientos; aprendí que también el agua necesita un proyecto, y que una línea equivocada en un dibujo se convierte en una fuga en un jardín.

Y después, durante tres años, viví detrás de un mostrador. Entraba gente con un ordenador que no se encendía, pedía información sobre qué impresora elegir para su oficina, facturas y tickets. Y además estaban las voces que llegaban de lejos, las de los clientes de Amazon. Yo seguía el viaje de un paquete de principio a fin: el pedido hecho una noche con prisa, el envío que se perdía quién sabe dónde, el repartidor que nunca llamaba al telefonillo, la caja que llegaba aplastada, la devolución que nadie sabía explicar, la reclamación escrita toda en mayúsculas. Aprendí a escuchar antes de responder. Aprendí que a nadie le interesa cómo funciona un sistema hasta que deja de funcionar, y que en ese momento una palabra justa, dicha en el momento justo, vale tanto como el reembolso. Detrás de aquel mostrador cada uno se perdía a su manera. Los clientes se perdían en sus propias necesidades, y solo buscaban a alguien que las entendiera. Los técnicos se las arreglaban con herramientas poco adecuadas, anticuadas por unos años, y lo mismo valía para quienes llevaban las cuentas y para quienes decidían. Cada noche volvía a casa con una idea más sobre cómo debería funcionar un programa, ligero para quien trabaja y sencillo para cualquiera, sea cual sea su familiaridad con la tecnología.

VI · Solo

Un verano volví, durante unos meses, al lugar donde el código me había elegido la primera vez. ¡Pasa! Las cosas vuelven a su sitio cuando dejas de perseguirlas. Y al final tomé una decisión que sonaba a puerta que se cierra y a otra que se abre: construir yo solo.

Hoy trabajo desde casa, en Sicilia, con un café junto al teclado y una ventana que da a la luz. Al otro lado de la puerta está mi familia: mi mujer y nuestros dos hijos. De vez en cuando el gatito mete su cabecita cálida bajo mi codo, y la cola me pasa por delante de la pantalla, hasta que las manos se detienen. No ordena nada. Solo pide que lo miren. Los días tienen otro ritmo. Ahora construyo plataformas, sitios, herramientas, cosas que sirven a alguien y que alguien, espero, usará sin pensarlo. Me ayudo de la inteligencia artificial, útil e indispensable como una carretilla elevadora que levanta los palés más pesados: una máquina que sabe mucho, pero las manos que deciden adónde va cada cosa siguen siendo siempre las mías.

Aún hoy, cuando puedo, vuelvo a esperar el momento justo para inmortalizar algo que no volverá, una escena cualquiera, y cuando llega el clic me encuentro con la ligereza de quien mira solo por el placer de mirar.

No sé adónde llevará. Sé que he aprendido a reconocer el peso de las cosas, y que las ideas, por ligeras que sean, hay que ponerlas en su sitio con el mismo cuidado con que se cierra un inventario, y con el que se decide qué dejar dentro y qué fuera del encuadre. El resto lo verás en mis trabajos.